Tras la muerte por exceso de trabajo de un empleado, Camila enfrenta la presión de sus compañeros y del supervisor que la culpa por la mala reputación y caída de la empresa. Sus colegas le reprochan haber los llevado al borde del desempleo, mientras ella defiende que ha cubierto sus responsabilidades y sacrificios. La tensión escala cuando Camila, cansada y sin apoyo, decide renunciar. Ante la orden de entregar su trabajo, señala que el supervisor lo ha hecho todo por ella y confirma que ha formateado la computadora, dejando en suspenso las consecuencias inmediatas de su decisión.