Azucena acepta la orden de la reina para fortalecer a su hija Jime, aunque implique un sacrificio doloroso. Bajo presión, prepara una ceremonia donde extraerán la sangre de Jime para potenciar su poder, a pesar de las súplicas de la niña y las protestas de Enzo, quien considera cruel el castigo. Azucena está decidida a mantener la tradición de la tribu y el honor, insistiendo en que el procedimiento debe completarse sin interrupciones. El episodio cierra con la incertidumbre sobre el destino de Jime y la tensión entre deber tribal y afecto familiar.