Luna regresa antes de tiempo de la cárcel y enfrenta el rechazo inmediato en la casa familiar. Un mayordomo insiste en que debe entrar limpia y sin zapatos para no traer mala suerte, basándose en la tradición de la familia Yáñez, que ahora la considera una desgracia. Pese a las tensiones, Luna se niega a seguir las imposiciones y declara que el hogar ya no es suyo. Finalmente, la familia la confina al sótano por precaución, alejándola del contacto con una miembro enferma. Luna acepta, pero queda claro que su exclusión y el desprecio continúan sin solución.