En una reunión familiar, la abuela sostiene que una caligrafía pertenece al linaje de Ortisur y se pregunta cómo un niño de seis años pudo escribir así. Javier, formado en caligrafía, es acusado de copiarla o de que el niño la robó; la familia organiza una competencia con pinceles para dirimir la autoría. Tras insultos y desprecios hacia el niño, un observador examina los trazos y revela que coinciden exactamente con la caligrafía del príncipe heredero de Ortisur. La autoría y el significado histórico quedan sin resolver, obligando a la familia a enfrentar la nueva evidencia.