Maite regresa a la casa familiar y provoca rechazo al entrar por la puerta principal sin permiso. Una sirvienta intenta imponer las órdenes de la señora Irene, pero Maite desafía su autoridad, causando tensión con los demás presentes, incluido el Canciller, quien le recuerda que debería respetar a su padre. Se revela que Maite y el Príncipe Guerrero están comprometidos, lo que aumenta la presión para mantener la armonía familiar. Sin embargo, la hostilidad hacia Maite crece, y ella amenaza con hacer que su regreso sea motivo de arrepentimiento para quienes la subestiman.