Nuria está encerrada y lucha por demostrar al director y al personal que no está enferma, suplicando salir de ese lugar donde se siente atrapada. Pese a sus protestas, el personal aplica un castigo eléctrico al considerarla desobediente. Tras un tenso juego impuesto por otra persona, Nuria promete no dejar que nadie le haga daño otra vez. De vuelta en un entorno controlado, debe tomar pastillas para controlar sus impulsos violentos, generando dudas entre quienes la rodean. Mientras intenta adaptarse, surgen sospechas sobre su verdadera condición, dejando en el aire si podrá recuperar su libertad o seguirá siendo vigilada de cerca.