Un simple mortal somete al León del Inframundo, una criatura maligna de nivel S, y lo obliga a firmar un contrato; aunque el león protesta ser un rey invencible, queda sorprendentemente dócil ante el hombre. Los testigos, atónitos, discuten si la bestia cambió de carácter y se preguntan si también podrían domarla. La escena pasa de caos a incredulidad cuando el humano acaricia al monstruo como si fuera un gato. La Oficina de Supresión decide convencerlo para que se una a ellos; su oferta queda hecha y la respuesta del hombre permanece en suspenso.