Durante su turno nocturno como vigilante del museo, el protagonista descubre una pieza dañada con un corte que no parece accidental, sino intencionado, como de espada o hacha. Sospecha de un posible responsable, descartando inicialmente a la señorita Durán por su constante supervisión. Decide reparar la pieza él mismo para evitar problemas, pero su mente se centra en la recompensa económica que obtendrá por el arreglo. Mientras avanza con la reparación, una pregunta inquietante permanece sin respuesta: quién causó el daño y si esa persona aún representa una amenaza para las valiosas piezas de la colección.